Santuario Nuestra Señora de los Milagros

ES DOMINGO…

CUARESMA “C” 08 marzo 2025  I DOMINGO

*Evangelio según San Lucas 4, 1-13* En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y el Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
En todos aquellos días estuvo sin comer y, al final, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan».
Jesús le contestó:
«Está escrito: “No solo de pan vive el hombre”».
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos de! mundo y le dijo:
«Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo».
Respondiendo Jesús, le dijo:
«Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”».
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:
«Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti, para que te cuiden”, y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece contra ninguna piedra”».
Respondiendo Jesús, le dijo:
«Está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”».
Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

*Palabra del Señor*

*Reflexión*: En el evangelio de este domingo, el Espíritu Santo es el que lleva y acompaña al Hijo Amado por el desierto, antes de iniciar la misión que le ha sido encomendada por el Padre. Ese mismo Espíritu es el que ha sido derramado en nuestros corazones y nos ha hecho hijos de Dios.

Tal vez, podríamos iniciar el camino cuaresmal tomando conciencia de la presencia del Espíritu Santo en nosotros, de la vida a la que nos llama, de la fuerza que nos comunica. Pedirle humildemente su ayuda para no poner resistencia a su acción en nosotros y colaborar con él en todo lo que contribuya a que nuestra vida y la de las otras personas sea más plena, más humana, más esperanzada…

Fijémonos en varias imágenes del Evangelio. En primer lugar en el desierto. Es el lugar donde Israel vive la tentación en su marcha hacia la tierra de prometida; donde experimenta el silencio de Dios, el vacío y la soledad; donde se rebela y abandona a su Dios para volverse a los ídolos. Pero el desierto es, también y ante todo, el lugar de oración, de encuentro con Dios, del primer amor, de la misericordia y fidelidad del Señor a pesar del pecado de su pueblo; lugar del don de la alianza.

¿Encontraremos durante la Cuaresma algunos momentos tranquilos para orar desde nuestro propio desierto y los desiertos de la humanidad? ¿Nos atreveremos a hacer una cura de silencio para acallar los ruidos que nos impiden escuchar el latido de nuestro corazón y el del prójimo? ¿Seremos capaces de dejarnos llevar por el Espíritu al desierto y prescindir de tantas cosas que nos mantienen en la superficialidad y la mediocridad? Yendo a lo hondo, lograremos descubrir los oasis fértiles que esconde el desierto.

En segundo lugar: La tentación.
En el éxodo hacia la tierra prometida, Israel sucumbe a múltiples tentaciones. Jesús nos muestra que existe una alternativa distinta ante las trampas del maligno, la de resistir firme en la opción fundamental de la vida, hallando la fuerza para ello en la unión a la voluntad del Padre y el dialogo fecundo con la Palabra a través de la cual Dios se ha revelado a los seres humanos. “Está escrito…”, “Está mandado…”, responderá Jesús a quien intenta apartarle de la misión que le ha sido encomendada. Si el pueblo elegido busca su protección en el becerro de oro, el Hijo de Dios puso toda su confianza en el Padre.

Las tres tentaciones que presenta el relato evangélico afectan a dinamismos muy profundos del ser humano: el deseo de tener y acumular bienes, el deseo de dominar y del éxito, y el deseo de dominar a Dios. No es difícil reconocer estas mismas tentaciones a lo largo de la historia de la humanidad y de la historia de la Iglesia, pero existen otras muchas: la desesperanza que surge en tiempos de crisis, el creernos mejores que los demás, el juicio inmisericorde a la debilidad ajena, el imponer como voluntad de Dios lo que se funda en nuestros criterios humanos, cerrar los ojos al dolor ajeno y refugiarnos en una vida confortable…

¿Cuáles son las tentaciones personales, comunitarias, eclesiales que nos asaltan en este hoy que vivimos? ¿De dónde sacamos la fuerza para hacer frente al mal?

Y, por último, esa terrible expresión con la que el evangelista termina el relato diciendo “el demonio se marchó hasta otra ocasión”. Jesús no fue tentado una sola vez como tampoco lo somos nosotros. El momento crucial de la pasión y de la muerte en la cruz será la ocasión propicia para que el tentador vuelva a la carga “Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate! (Lc 23, 37), “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti mismo y a nosotros!” (Lc 23, 39). Necesitamos la fuerza del Espíritu Santo para permanecer unidos a Dios en todo momento y, especialmente, cuando el mal muestra sus garras crueles y la confianza en la bondad de Dios flaquea. Después de la catástrofe de la DANA en Valencia ha vuelto a surgir en muchas personas la misma pregunta: ¿dónde estaba Dios? Jesús, consciente de la dificultad que supone resistir en la prueba, enseñó a sus primeros discípulos, y en ellos a todos nosotros, a pedir con confianza al Padre que no nos deje caer en la tentación y que nos libre del mal. Hagamos con insistencia esta súplica.

*Dios te bendice*

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