
Durante cinco años trabaja infatigablemente en la misión de China, en medio de dificultades y persecuciones, hasta que es llevado al martirio el 11 de septiembre de 1840, delatado por uno de sus fieles. Muere en Uchanfú. Se le concedió la gracia de “participar de manera singular en el misterio de la Cruz”. Su arresto, su juicio y su condena reproducen la dolorosa pasión de Cristo. Murió en la cruz como El. Decía Juan Gabriel: “No podemos alcanzar la salvación más que conformándonos a Jesucristo.Cuando hayamos muerto, no se nos preguntará si hemos sido sabios, si hemos desempeñado cargos distinguidos, si hemos producido una buena impresión en el mundo; se nos preguntará si nos preocupamos de comprender a Jesucristo e imitarle”. Realmente él fue uno de los que se esforzó por imitarle hasta las ultimas consecuencias.
Fue beatificado el 10 de noviembre de 1889 por el Papa León XIII y el 2 de junio de 1996 fue canonizado por el Papa Juan Pablo II. Recordemos la oración que este santo compuso y hagámosla nuestra:¡Oh mi Salvador divino! Por tu omnipotencia, por tu misericordia infinita, haz que yo pueda cambiar y transformarme en Ti; que mis manos sean tus manos y mi lengua tu lengua; que mi cuerpo y mis sentidos no sirvan sino para tu gloria. Pero ante todo, transforma mi alma y todas sus potencias: que mi memoria, mi inteligencia, mi voluntad, sean como tu memoria, tu inteligencia, tu voluntad; que mis actos y mis sentimientos sean como los tuyos. Y así como el Padre dijo de Ti: “Yo te he engendrado hoy”, lo pueda decir también de mí, y aún añadir: “eres mi hijo amado en quien me complazco”! Amén.